Tuve un sueño… Cap. ll

Muelle y árbol

Un personaje de capa negra cubría su rostro con una capucha. En medio de la oscuridad fue difícil verlo, pero sentía su presencia como lobo rondando a su presa o quizá ¿protegiendo a alguien de su manada? No lo sabía, pero de lo que estaba segura era que no me asustaba. No era de quien venía huyendo.

¿Por qué un extraño ser debía aparecer justo ahora y a salvarme? Los pasos sonaban más fuertes, se acercó detrás de mí, me olfateó la cabeza mientras caminaba a mi alrededor hasta ponerse justo frente a mí. Acercó su mejilla a la mía como queriendo susurrarme algo al oído. Estaba inmóvil, cerré los ojos como reconociéndole. Extrañamente lo había estado esperando aún sin conocerlo.

Su voz grave y melodiosa al compás de mi temor por haber escapado de un tipo que me perseguía, provocó que renaciera mi instinto de supervivencia, aquel que no le importa destruir. Él, mi defensor, me dijo que no debía temer nunca más y me contó lo que había sucedido antes de llegar al muelle:

“Lamento que lo conocieras, pero lamento aún más que lo quisieras. No pude hacer nada para evitarlo. Sin embargo, aquí estoy ahora. Debes afrontar aquello que te atemoriza y por eso tengo algo para ti.”

Intenté descifrar sus palabras y antes de comenzar a analizar, me llevó de la mano a un árbol cuyas ramas parecían tentáculos, esperando atrapar algo más. Pude notar con la leve luz, una especie de capullo de color gris atado al árbol, me acerqué y lo abrí, notando que un cuerpo estaba envuelto y colgado totalmente de cabeza. Era aquel hombre que aún estaba dormido y tenía una mordaza.

– Ahora sabes lo que tienes que hacer – me dijo el hombre de capa negra.

Dirigí la mirada al pie del árbol, me arrodillé mirando el suelo y recordé aquel día en la escuela…

Como era mi costumbre de llegar antes que el resto de mis compañeras, me senté en una banca a esperar mientras leía un libro. El cielo notablemente gris indicaba que llovería en cualquier momento. Amaba las mañanas así. Los profesores y alumnos iban llegando, el ruido se apoderaba de la escuela e impidió continuar mi matutina lectura.

Aún era temprano para el ingreso a las aulas. Recordé que me habían regalado unas semillas y me alejé hacia mi lugar favorito, un patio poco concurrido para la mayoría, pues decían que antiguamente enterraban allí a las monjas. Era el lugar perfecto para sembrar mi semilla. Abrí mi mochila y encontré un cuchillo, no sabía cómo había llegado allí, pero era perfecto para abrir la tierra.

Cuando me dirigía hacia mi aula, se escucharon gritos estruendosos a lo lejos. Todos se alarmaron y los profesores pidieron a los alumnos que abandonaran la escuela. Habían encontrado a un hombre muerto en el baño de mujeres.

Continuará…

[Ver capítulo I]

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