Mi primera montaña

Aunque vivo más de diez años a 2.800 m.s.n.m. en Quito, la capital del Ecuador, subir una montaña hasta su punto más alto tiene su nivel de exigencia. Quito es una ciudad llena de cuestas. Por ejemplo, el Centro Histórico tiene calles empinadas que lograrán sacarte un poco el aire cuando intentes caminar por esas vías. Si caminar así te agotó, imagina estar a 4.698m.s.n.m. que es el punto más alto del Rucu Pichincha. Desde cualquier parte de Quito puedes apreciar esta magnífica montaña y sus famosas antenas. Desde El TelefériQo, que tiene un costo de $4.90 para nacionales (no olvides llevar cédula) te lleva desde el borde la ciudad de Quito hasta el punto más alto de la montaña llamado Cruz Loma que está a 4.050m.s.n.m. Desde allí ya tienes una vista espectacular de Quito. El viento te rodea y el sol te saluda con gran fuerza, por lo que es ideal llevar ropa abrigada, gorra y unas buenas zapatillas de montaña. Al iniciar la ruta, verás este letrero con información importante, extrañamente yo lo leí detenidamente cuando regresaba:

Me gusta caminar y a pesar de haber hecho caminatas por Baños de Agua Santa y sus cascadas, laguna de Cuicocha, senderos por las Islas Galápagos, Laguna de Busa, Volcán Chimborazo y muchos otros lugares más, nunca había hecho uno como el del Rucu Pichincha. La primera vez que estuve allí fue el día de mi cumpleaños cuando mi mejor amiga me llevó a conocer El Teleférico y la cumbre de esta, un paseo ligero con un paisaje encantador, imposible no enamorarse de la montañas estando allí.

En esta segunda vez se dio la oportunidad de poder recorrer todo el Rucu Pichincha o al menos yo pensaba hasta donde podía, ya que sin experiencia en senderismo y mi horrorosa rinitis alérgica, no me iban a dejar llegar muy lejos, pero mi mentalidad positiva me acompañó en todo momento. Al iniciar la caminata cerca del lugar donde alquilan caballos, nos encontramos a un amigable Curiquingue, el ave sagrada de los Incas, al parecer siempre pasa por allí porque es la segunda vez que lo encontraba en el mismo sitio.

Curiquingue
Curiquingue, ave sagrada de los Incas

En el primer kilómetro de subida ya sientes que te falta aire, pero continúas con el entusiasmo de la naturaleza que te rodea, el sonido de las aves y el viento frío, mientras el sol te calienta un poco. Es necesario aplicarse bloqueador solar cada cierto momento, aunque esté nublado, estamos más cerca del sol. Mis primeras dos horas de caminata por el sendero marcado aún no sentía frío, pero el cuerpo ya me exigía tomar un poco de agua y comer algo, así que siempre es bueno llevar frutas, galletas y chocolate.

 

Cuando vi el primer pico de montaña pregunté si era allí el final, me dijeron que no, que es apenas el primero de tantos. Bueno, pensé y seguí caminando, mejor dicho subí, porque casi nada era plano desde que salimos y me recomendaron descansar un poco solo en el final de cada cuesta, nunca en la mitad. Tampoco es bueno sentarse porque después no quieres pararte para seguir la caminata. Y a medida que te adentras ves mucha más naturaleza como las flores de montaña.

Y todo esto recién estaba por empezar, el sendero se iba poniendo más estrecho y con caminos más difíciles, además de que la neblina comenzaba a bajar, pero continué. Ya había caminado bastante como para detenerme y aunque me faltaba el aire y la rinitis me pasaba factura, me decía a mi misma que debía continuar, regresar no había opción, a pesar de que te encuentras muchos turistas, deportistas y gente como yo que estaban a prueba a ver hasta dónde podían llegar.

Habían tramos en las que no solo solamente te tocaba caminar en cuesta, sino también poner a prueba tu destreza subiendo o escalando rocas, era la única forma de continuar. Muchas concentración, poner bien los pies, asegurarte con fuerza, perder el miedo y confiar. Un mal paso y puedes ir más abajo de lo que creía y nadie quería eso.

Y a medida que avanzas, vas a encontrando letreritos como este, que al parecer la gente ha decidido escribir para expresarse. ¿9 de 14? Pues sí, a ese punto de lejanía estaba.

El frío empezaba a sentirse mucho más, así que después de haber caminado solo en camiseta, decidí abrigarme con todo lo que tenía. La rinitis me seguía matando, el cuerpo ya sentía todo el esfuerzo de la caminata. Ya llegábamos a la parte más rocosa y aún faltaba por llegar.

Quito desde lo alto
Quito desde lo alto

Finalmente llegamos a los famosos arenales, donde das un paso y bajas dos, así que decidí que lo mejor era escalar por la parte de las rocas. No tenía guantes, así que tocar las piedras, era como tocar hielo puro. Otras personas decidían subir por los mismos arenales, casi gateando de subida.

Los Arenales

Una vez que llegas casi a la parte más alta en la Piedra del águila, el espectacular paisaje te dice que todo ha valido la pena. Las piernas y todo el cuerpo no dan más, pero hay que seguir.

Piedra del águila

Lamentablemente ya era un poco tarde y la neblina se iba poniendo más densa, por lo que no era recomendable seguir subiendo lo poquito que faltaba. La parte final más arriba no tiene sendero y con neblina es fácil perderse. Yo no entendía porque las personas bajaban el arenal corriendo. Ya cuando estuve allí para descender, la arena te arrastra peor que gravedad y es imposible poner freno, así que te toca hacer de esquiadora y bajar de ladito a mi ritmo, claro, no me atreví a bajar de apuro como los demás, sentí que iba salir volando al abismo más cercano, pero fue muy divertido, incluso habiéndome caído tres veces sentada sobre el arenal.

Yo y mi tamaño infantil de 151cm lo logramos.

Creo que todos mis años de infancia en el campo nicaragüense, me ayudaron mucho, por ejemplo en mi destreza para escalar rocas, aunque yo haya tenido más experiencia subiendo árboles. Pregúntenle a mis papá o amigos de la infancia, siempre estaba subida en un árbol para comer frutas.

De regreso, el paso fue más rápido y huíamos de la neblina que estaba por alcanzarnos, pero la naturaleza siempre estuvo allí. Adoré este tipo de grama en las rocas o monte de tierra, era como una alfombra muy verde y acolchadita.

Cueva del oso.

El regreso, aunque fue menos tiempo para mí fue mucho más doloroso, las rodillas sienten la presión de frenar en bajada, que prácticamente era todo el camino. Pero había que regresar, ¿no?

Yo

Fue muy satisfactorio llegar donde estuve, para mi quien no tiene experiencia alguna y lo interesante de toda la caminata es que es una buena forma de ponerse a prueba uno mismo, para ver hasta donde puede uno llegar y en mi caso fue una autocachetada por no confiar en mí misma en que sí podía lograrlo. Y de paso en el camino una piensa muchas cosas de la vida, de las personas que uno tiene cerca y más; ha sido realmente hermoso haber vivido esto.

Cuando leí la información del letrero cuya fotografía está al inicio del post, me di cuenta del nivel de dificultad: ¡Exigente! ¿Cómo es posible? La neblina se tragó el Rucu Pichincha y era señal de volver a Quito. Bajamos de nuevo en el teleférico, cansada, pero contenta.

Una semana después, aunque con lesión del pie, con sesamoiditis (dolor en el hueso del dedo gordo del pie), me volvería a recorrer todo otra vez.