La otra fecha

Te espero desde hace rato me dijo. Como si sonara a regaño, preferí creer que estaba ansioso de que llegara. A veces es mejor ver el lado bueno de las cosas y no lo obvio.

La ausencia mutua me había convertido de nuevo en una mujer tímida, asustada, casi sin poder decirle nada como la primera vez que lo vi. No estaba segura si dejarlo tocar mi alma, después de aquella rarísima despedida en la que ambos lloramos. Sí, otra vez tenía miedo, pero estaba feliz de verlo, aunque exteriormente era tan expresiva como Daria.

Cuéntame algo, eran aquellas palabras que siempre me mataban porque nunca sabía qué decir. Tenía tanto que contarle, pero decidí callar. Me bastaba con observarlo. Él siempre curioso, casi nunca respetaba el silencio. Hablé un poco, de cualquier cosa mientras caminábamos.

Llegamos a una casa antigua, una puerta principal de madera nos invitaba a seguir conociendo su pequeño espacio interior. Parejas y amigos reunidos, sonrientes, desestresados como cualquier viernes de noche. Después de bordear la mesa Forever Alone, que tenía una sola silla y una botella sosteniendo una vela, encontramos nuestro sitio junto a un cuadro y una lámpara hecha de material reciclado.

La timidez me seguía ganando hasta que sonó por los parlantes del local, la canción Gorecki de Lamb. La reconocí al instante, era como volver al principio de este nuevo siglo. I’ve found the one I’ve waited for… repetía la canción, ¿sería una señal? ¿Qué hacía allí? ¿Qué hacíamos allí?

Por fin con algo de vino, pude conversar más. Y dando algo de confianza a mi acompañante, conversamos como en los viejos tiempos. Ya no nos sentíamos extraños. Al fin yo lo reconocía. Al fin él me reconocía. Pero no quería entusiasmarme, sabía que no lo volvería a ver; que la noche acabaría y con ello mis ilusiones, mi confianza, mi anhelo.

Llegó un nuevo día y allí seguías tú, siendo protagonista de esta historia, robándote mis contradicciones y confusiones. Salimos a caminar. La ligera brisa llegó inesperada, como diciéndome que disfrutara lo que vivía en ese momento. Él siempre con paso acelerado seguía su camino. Yo dejaba que se alejase, quizá en alguno de sus pasos se acordara que no está yendo solo, que yo lo estaba esperando a que regresara a ver. Tuve suerte. Y aunque sea para regañarme por no caminar rápido, me miró.

De nuevo el miedo me repetía que no lo volvería a ver. Y los pensamientos traducidos serían como aquella canción de Led Zeppelin:

“It was really, really good.
You made me happy every single day.
But now… I’ve got to go away!”

¿Esta despedida es para siempre? — preguntó él.

No. — le contesté. Aun cuando no sabía la otra fecha en que volvería a verlo, jamás estuve tan segura de aquella respuesta.