Kanun

Llegué a la orilla del mar de Kanun esa noche. Estaba exhausta. Había escapado con mucha suerte de aquellos seres oscuros. Mi pequeño bote viejo se atascó entré algunas rocas. Bajé y por un momento creí estar cerca de arenas movedizas, pero no, habían ligeros temblores. Las olas estaban un poco bravas, las sentí durante mi trayecto de huida. Es lo que apenas pude divisar bajo la luz de la luna llena de aquella noche.

Caminé sobre la inestable arena hasta llegar a una pequeña casa de madera, aunque no era totalmente cerrada, estaba compuesta de palos enterrados en la arena y un techo de palmera. Debajo de ella, habían mesas mohosas, estas soportaban unos recipientes plásticos de forma cuadrada y dentro de ellos pedazos de hielo y algunos animales marinos como calamares y pulpos cuyos tentáculos se movían para demostrar que seguían vivos.

Me alejé de allí y caminé hacia el muelle principal donde había un barco pirata abandonado. Era grande aunque un poco viejo y sus velas eran de color amarillento con la acostumbrada bandera negra de piratas portando el dibujo de una calavera. Mientras me acercaba, miré a una especie de pulpo gigante saliendo de lo profundo del mar, dirigiéndose hacia una pequeña isla, no muy lejos del muelle, donde se apreciaba la silueta de un hombre tratando de llamar la atención de aquel monstruo.
Me subí al barco pirata y navegué hasta la isla tratando de distraer al pulpo gigante para ayudar a aquel hombre que desconocía, pero uno de sus tentáculos gigantes desplazó mi barco hacia el otro lado de Kanun. Desperté a la orilla del mar otra vez.
Un abrazo suyo es todo lo que necesitaba para tranquilizarme. Estaba viendo el mar en la tarde, no tocaba la arena, una cerca me lo impedía. Caminé hasta donde finalizó la cerca y me senté en un pequeño muro de piedra negra caliza. El atardecer llegaba, así como la ausencia de él todos los días. Alguien se acercó y me abrazó por la espalda. No tuve tiempo ni siquiera de reaccionar, pero me sentía tranquila, él al fin había regresado. Lloré y me asusté, tenía miedo de que se vaya de nuevo. Pasamos toda esa tarde juntos, divirtiéndonos y riéndonos como solíamos hacerlo. Pero me dijo que se tenía que ir y lo vi desvanecerse con la noche. Antes me susurró: Volveré.
No sabía que pensar, me quedó un vacío de nuevo. Me fui a caminar nuevamente cerca del mar, me senté en el muro de piedra a escuchar un poco de música y olvidar lo que quizás soñé. Me quedé ida viendo el movimiento de las olas. Alguien se paró a mi lado, eras tú de nuevo.
— ¡Hola!, me dijiste.
— No, esto es un sueño. Cerraré los ojos y al abrirlos tu te habrás ido de nuevo. Me repetía a mí misma.
— Pues no, no estás soñando. Me respondió.
— ¿Entonces lo de ayer fue real? Pregunté.
— Claro que fue real, esto no es una película, ni un anime. Respondió.
— ¿A dónde fuiste? Pensé que te irías lejos nuevamente.
— ¿Antes? Estaba en una isla. Es una larga historia que ya te contaré. Y ayer, pues, solo fui donde mi familia para arreglar unos asuntos pendientes. Ya los hice. Dije que volvería, ¿no? ¿Acaso no me creíste?
— A estas alturas… Digo sí, sí te creí. Solo que no sabía si esto de verdad estaba pasando. ¿Ya no te vas a ir? Le pregunté mirándolo a los ojos.
— ¿Quieres que me vaya? Preguntó.
— Nunca. Respondí muy segura.
— Tampoco quiero irme nunca.

Ambos nos sentamos sobre el muro de piedra a ver el mar, nos abrazamos y nos quedamos allí quietos. En eso, una de las tantas olas devolvió un pequeño animal de tentáculos, al parecer estaba muerto. Me sorprendí, dijiste que mejor no lo vea y nos fuimos a caminar, ahora sí, juntos de la mano como antes y ya NUNCA más separados.

Nunca, nunca, nun-ca, nun-ka, ka-nun, Kanun.

Cuento inspirado en un sueño que tuve (entre el 3 y 4 de julio 2017) y en el que tú apareciste, así que decidí escribirlo para ti. La redacción surgió gracias a ‘Elégie in C minor, Op. 24’ de Gabriel Fauré. Solo armé los diálogos y frases, pero todo es tal cual lo soñé.