Al otro lado

Lo soñé como tantas veces lo había hecho. Lo vi tantas veces pero a ratos su rostro se difumina, tengo miedo de olvidarlo. No quiero olvidarlo y tampoco quiero que él me olvide. Viajé muchas horas para verlo. Lo que sentía era una mezcla de ansiedad, preocupación y nervios. ¿Me reconocerá? me preguntaba. Finalmente lo vi, lo noté algo confuso, un poco cabizbajo, así como cuando la vida te da muchas lecciones de golpe y sin piedad. Yo lloré, no sé si de enojo por haberme dejado tanto tiempo sola o porque lo extrañaba tanto. Me acerqué un poco, quería abrazarlo muchísimo, apenas pude dar unos pasos hacia él y lo único que se me ocurrió fue preguntarle: ¿te han tratado bien? Sí, me respondió. Lo seguía viendo fijamente como preguntando indirectamente, ¿no te vas a acercar? pero solo le dije: ¿te vas a quedar allí? No ya no, me dijo. Y me dio uno de esos abrazos rompe costillas, como si me hubiera estado esperando siempre. A veces se le olvidaba que yo también lo esperaba. Eres un idiota, le dije. Lo sé, lo peor es que lo sé, me respondió. Eres lo mejor que me ha pasado en Japón, acotó. Pero si es la primera vez que estoy aquí, respondí. Ya te lo explicaré mejor, me dijo sonriendo. En eso la policía llegó y nos desalojó a todos, habían recibido una alerta de bomba y decían que posiblemente estén almacenadas en las latas de bebidas gaseosas de las máquinas expendedoras. Salimos del lugar y caminamos sin rumbo fijo, como siempre.

Eran las siete de la noche, es raro que no me haya llamado, seguro se quedó dormido por tercera vez. Ya me había acostumbrado a eso y yo respetaba esa frase que decía: si lo amas, déjalo dormir. Y así era siempre, aunque me gustaba despertarlo y que me conteste todo grumpy en el Skype. Tanto él como yo, nos veíamos las peores caras cuando nos conectábamos para conversar. Yo llegaba a casa agotada del cansancio del día laboral y él recién despertaba. Aun así siempre la pasábamos bien, poniéndonos al día con los chismes. Mientras él preparaba el desayuno, yo preparaba la merienda; después se alistaba para salir y yo me ponía la pijama para dormir. Hacíamos de ese par de horas, el mejor momento para sentirnos juntos en esas catorce horas de diferencia. A través de sus ojos vi nevar, vi el florecimiento de los cerezos, vi la playa y sentí los días calurosos, vi las hojas anaranjadas del otoño y conocí lugares que jamás pensé conocer. Después de todo pensaba que es divertido disfrutarlo con él así con toda su emoción, pero también conociendo sus propias batallas, aquellas que muchas veces no contaba, pero que yo ya sabía. Eres el mejor, siempre se lo digo, para que nunca olvide la razón de todo. De algún modo nunca hemos estado lejos, aunque tú y yo estemos al otro lado. N.C.F